¿Quién quiere ser millonario? La muerte de la cultura general

¿Quién quiere ser millonario? La muerte de la cultura general, por Luis Carlos Díaz

Por Luis Carlos Díaz | 29 de Septiembre, 2013

 

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Si usted se sienta los domingos a ver la versión criolla de la franquicia “¿Quién quiere ser millonario?”, no deje de acompañarlo con alguna pantalla digital que tenga a sus amigos de Twitter. Así se dará cuenta que el programa podría llamarse en los bajos fondos “¿Quién quiere ser humillado?”. Quizás no lo ha hecho, pero alguien en su casa sí. Como casi todo fenómeno en medios más o menos masivo, las plataformas digitales se convierten en un sofá extendido en el que miles de personas comparten lo que ven en pantalla, comentan en colectivo y no dejan escapar un chiste.
Sin embargo, el fenómeno es más complejo. Detrás de la pregunta: “¿Cómo es posible que el concursante no sepa cuál es el 5º planeta del sistema solar?” o “¿No le enseñaron en la escuela el símbolo químico del sodio?” se esconden otras cosas: desde un sistema educativo (y televisivo) deficiente, hasta la aceptación de que la cultura general está muerta. Sólo vemos su velorio como espectáculo cada fin de semana. Le lanzamos tweets en lugar de flores.
El principio del programa es una ilusión: la devaluación, sumada al invento fallido del bolívar fuerte, ha hecho que ni siquiera se pueda aspirar a ser millonario de verdad con los premios. En Venezuela los millonarios serios cotizan en moneda extranjera y se saben los trucos del Sicad. El nuevo premio mayor apenas alcanza para acomodar la casa, no aspirar a una nueva. Al igual que el pote final, la cultura se devalúa. No se mide conocimiento, sino la suerte de pegar las respuestas después de las preguntas de primaria. Si se contestan con consciencia, se considera honroso, pero si en su lugar se aplican comodines y la agonía es alargada con salvavidas y ayuda, entonces es considerado como “saber jugar”, que es distinto a sencillamente saber.
Por complicidades como esta, en donde la audiencia en estudio sabe aún menos que los participantes, el nivel de juego para cualquiera que haya visto “Saber y ganar”, el programa español, es de otro mundo. El verdadero QQSM debería empezar a partir de las preguntas de nivel 10, pero el guión suele hacerlo todo más tortuoso. Empieza por la comodidad de los refranes, pasa por el camino de las obviedades, se distiende en la zona musical para vergüenza pública, coquetea con ciencias naturales y clava la estocada de la historia de Venezuela. Quien sobrevive es aplaudido de pie, increíblemente.
Desde que la cultura masiva hizo explosión y quedó reducida o caotizada a retazos, fragmentos y archipiélagos de conocimiento, se hace más difícil tener cosas en común entre individuos de distintas regiones del país, o de distintas edades. Nuestros suegros se pararían de la silla y se irían si acaso les preguntaran por la letra de un reggaeton de moda, aunque “toda” la audiencia la supiera. Tampoco nos ponemos de acuerdo si un concursante maracucho debería saber qué es una sapoara o si es importante diferenciar a Kim Jong-un de Kim Jong-il. Eso que se cree cultura general es un espejismo. Rómulo Gallegos fue un señor que escribió Doña Bárbara, pero no me pregunte más, doctor Eladio. Cada vez son menos las cosas que “todo el mundo” sabe. Aunque la dificultad del programa la mayoría de las veces no supera los conocimientos impartidos durante el bachillerato, se demuestra que ese nivel es difícil incluso si el concursante tiene un grado universitario.
Las lagunas son naturales en la cultura general, porque ya ésta no existe. Un individuo medianamente formado parece más un televidente muy adicto que un ratón de biblioteca. Tienen más respuestas genéricas los crucigramistas que los doctores. En ese sentido, la película Slumdog Millionaire tuvo una perspectiva más inteligente: el azar de las preguntas coincidió con el relato de vida del concursante. Se trata de suerte, no de conocimiento. Sin embargo el programa trae otro consuelo para la audiencia: la seguridad hogareña y twittera que da el poder gritarle a la pantalla cuando el concursante es más bruto que uno, pero pasar agachado cuando se desconozca la respuesta.
Inteligencia colectiva
La conversación tejida en entornos digitales, donde la gente usa la etiqueta #QQSM para hablar sobre la pantalla de TV, genera la ilusión de que la audiencia sabe más que el participante. Y es así. La inteligencia colectiva habla de la capacidad que tienen los grupos humanos de potenciar sus conocimientos cuando están en contacto. El salto digital es que la plataforma que interconecta a la multitud le permite deliberar en tiempo real, producir insumos colectivamente y desarrollar a partir de los testigos dejados por otros en pocos segundos. Eso hace de Twitter, en momentos de alto rating televisivo, uno de los mejores laboratorios creativos de chistes y comentarios a distancia.
Al tratarse de mofa, la audiencia llega a niveles cumbres de inventar sobrenombres de inmediato, buscar las identidades digitales de quienes están en el banquillo para indagar en su vida, hacerle comentarios directos o buscar su banco de imágenes si se trata de una chica guapa. Haber convertido la vida personal en espectáculo digital, le da muchísimos insumos a quien desee saber más sobre la víctima del momento en la TV.
En materia de inteligencia colectiva hay dos referencias importantes, Pierre Levy ha publicado varios ensayos sobre el tema, uno de ellos destaca la “humanidad emergente en el mundo del cyberespacio” y promueve que:
“Nadie sabe todo, todos saben algo, todo conocimiento reside en la humanidad. No hay una provisión trascendente de conocimiento y el conocimiento es simplemente la suma de lo que sabemos. La luz de la mente brilla aun cuando intentamos persuadir a otros que no existe ninguna (inteligencia): ‘fracaso educativo’, ‘ejecución repetitiva’, ‘subdesarrollo’. El juicio demasiado prominente de la ignorancia se vuelve en contra de los jueces”.
Otra referencia conocida, con inclusión de las reglas de juego de la web colaborativa, es Planeta Web 2.0, un libro escrito por Cristóbal Cobo Romaní y Hugo Pardo Kuklinski. Allí, además de describir cómo los medios digitales han acelerado el proceso de organización de conocimientos, alerta que algunos subproductos derivan en fast food, como las fugaces conversaciones de domingos en la noche cuando Eladio Lares sirve en bandeja a los concursantes de un espacio de entretenimiento.
No sólo hay dificultades para que una misma persona cubra tantas aristas de la inexistente “cultura general”, sino que además algunos abusan de sus carencias al mostrar completo desconocimiento desde el principio, lo que los hace presas fáciles de una audiencia que busca también reforzar desde su casa que sabe algo y le indigna que otro lo ignore. La diferencia es que la distancia de las pantallas preserva un poco más el ego: quien no está bajo los reflectores y las cámaras, cree que todo es más sencillo porque le acompañan los amigos digitales.
Por eso el aforo pasa de la rabia a la risa con ánimo de carnaval. Durante una hora la gente es un poco bully. Así que no se sorprenda que el éxito del programa se renueve a pesar de su longevidad en pantalla. Sabemos ya que cuando Televén sea grande quiere ser RCTV, pero esta vez el programa tiene el ingrediente no esperado de las redes sociales y la complicidad colectiva.
Había gente que no lo sabía y se perdía del juego. Como todo, el colectivo nos redescubre lo que vamos siendo: Un juego de azar, no de conocimientos.

Pd: no se pierdan el Stand-Vid Comedy de Gabriel Núñez y Elena Sánchez sobre Quién Quiere Ser Millonario

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=LCmv42VT5wA